La Real Academia Española lo define desde el punto de vista jurídico como un contrato legal para vivir en matrimonio y, desde el punto de vista religioso, como el acto en el cual un cura autoriza el sacramento del matrimonio.

Siempre nos resulta interesante observar las con­ductas del ser humano. Cuánto se aprende con ello y cuánto aprendemos, además, a entender hábitos de las nuevas generaciones que escandalizarían a nuestros padres y ¡cuánto más a nuestros abuelos!

Es evidente que en pocas décadas han cambia­do el modo de actuar individual, la observancia del concepto de autoridad y las costumbres, de tal for­ma que más de uno de los que peinamos canas, (o de los que no peinan nada) siente como que está en otro mundo, en otra civilización, como que no encaja en el actual entorno. Surgen de ahí los co­mentarios: “¡Qué horrible!”, “¡Pero qué cosa!”, “¡Vis­te vos!”, “¡Dónde vamos a ir a parar!”, etc.

Yo diría: “…y bueno, adaptate veterano, las cosas ahora son así y ni vos, ni nadie las va a cambiar”.

Sí, es evidente que vivimos en un mundo muy diferente al que nos vio crecer, pero de la misma manera que la Real Academia va aceptando los cambios idiomáticos que la costumbre impone, no­sotros, al igual que las nuevas leyes que se vienen promulgando, también tenemos que adaptarnos a lo que la costumbre impone, de lo contrario vamos a sufrir. Además de inútilmente: ¿Para qué?

Ni se nos ocurre entrar a analizar las causas de los cambios en el comportamiento social; no es el tema, ni tampoco somos especialistas en ello. Sólo tomaremos un aspecto de esas conductas como es el vínculo entre los adolescentes y los jóvenes que, de alguna manera, ya se van perfilando en la intui­ción de constituir pareja.

Naturalmente, y por suerte, siempre existió y existe la atracción física del uno por el otro. El va­rón, deslumbrado por las formas, el caminar, la voz y la empatía de ella, buscaba de diferentes modos la aproximación que, a medida que se iba logrando, hacía de él, el hombre más feliz de la tierra. En­tendía que después de haber llegado a que ella, (su miss universo) lo aceptara, a partir de allí nada le iba a ser imposible. No sabía aquel enamorado que en realidad era ella la que disfrutaba de sus halagos, y que también era ella la que diciendo al principio que no, y que no, en realidad lo que estaba queriendo decir era que sí y que sí.

Grabado a fuego en nuestra cultura estaba el concepto que el caballero hace el cortejo y la dama espera y acepta (o no). Como ejemplo basta con recordar las reuniones bailables en que las damas, inmaculadas en su silla, esperaban que un caballe­ro les pidiera consentimiento para acompañarlo en la próxima pieza de baile.

No vamos a analizar cómo se vinculan los jó­venes hoy. No es necesario. Lo vemos en la calle, en las paradas, en las diferentes reuniones, etc. El cambio es notorio. Vemos la iniciativa en el sexo femenino, (¿será por aquello de los derechos y la liberación?) y vemos vínculos tan inmediatos como fugaces, y uno, y otro, y otro, y aparecen hijos de los que nadie se hace cargo, y el intercambio conti­núa… ¿Buscando qué? ¿La felicidad? ¿Cuál felici­dad? ¿Qué es la felicidad?

Lo que sí, sé es que estas nuevas costumbres nos conducen a la desintegración social por la des­aparición de la familia, con la inmediata consecuen­cia de hijos a la deriva que luego serán hombres a los cuales muy difícil se les va a hacer enfrentar la vida con los escollos de un entorno cada vez más desafiante, porque les faltó el respaldo y la seguri­dad que nos da el haber crecido en un grupo fami­liar constituído y estable.

Todo ésto que ustedes acaban de leer, no deja de ser más que una manera de ver las cosas. Por supuesto que cada uno vive como puede, se com­porta como puede y sus conductas son a veces fru­to de la lucha entre, por un lado sus sentimientos, y por otro las costumbres, la moral, y la ética imperan­tes en el entorno en que le tocó vivir.

Les voy a contar un caso que, a mi entender, ejemplifica estos conceptos. Es una historia propia del Paso de la Arena, que se desarrolló muchas décadas atrás y que muestra conflictos personales que hoy nadie se plantearía.

Eran Toribio y Felicia, dos adolescentes que se conocían desde que juntos concurrieron a la Escue­la 150, (en aquel momento no tenía nombre, hoy se denomina Cataluña y antes, Rafael Barradas). Juntos pasaron al viejo Liceo Francisco Bauzá, en la calle Agraciada, lugar donde comenzaron los chi­choneos, y un día, y otro, y alguna rabona, y alguna escapadita, todas inocentes, fueron conformando una relación que poco a poco, trascendiendo el ám­bito estudiantil, llegó a la casa de Felicia, en la cual las frecuentes visitas de Toribio y su bicicleta, eran vistas con agrado. Pasan los años, la relación se consolida y Felicia y Toribio, ¡ya son novios!

Ambos trabajaban, él la iba a buscar a la sali­da del empleo y ella lo ayudaba en sus tareas. En los primeros tiempos se cumplía con las visitas formales dos o tres veces por semana, un rato so­los en el sofá del comedor y otro rato en la cocina con los padres y hermanos de Felicia, siempre con las clásicas cálidas y prolongadas despedidas en el portoncito de tejido. Con el tiempo los horarios se fueron haciendo cada vez “más elásticos”, has­ta que la entrada y salida se hacía cualquier día a cualquier hora. Total, era el futuro yerno, qué vamos a estar controlando. Otro tema eran las salidas los domingos de tarde, permitidas sí, pero con la her­mana menor de Felicia, “de paleta”. Resultó ser que a Toribio “le hervía la sangre”, y evidentemente la presencia de la hermana menor de Felicia le inco­modaba; por lo tanto, y en una actitud absolutamen­te democrática, él también llevaba a su hermano menor con lo cual más tranquila aún se quedaba la mamá de Felicia. Lo que esta buena señora no sabía era que los dos menores en lugar de sumar restaban controles, pues llegado el momento Tori­bio les decía: “Vayan a dar una vuelta por ahí…”, consiguiendo de esa forma un tiempito para estar solos ella y él. Sin duda a Felicia no le incomodaba, pues nunca tuvo un gesto de desagrado ni se opo­nía al paseíto de los menores.

Pasaron los años, (más de diez) y aquello es­taba consolidado. Aceptación familiar, rutina de noviazgo, concurrencia a eventos sociales, bailes, cine, etc. Preparación de ajuar, compra de elemen­tos para el hogar, etc. ¡Qué lindo todo!

Todo bien, sí, todo bien hasta que un día Toribio le comunica a su madre que se iba a casar, ¡pero con Crisolda!

¿Cóooomo? En ese momento, en medio de un profuso y prolongado llanto, le cuenta a su madre que estaba profundamente enamorado de Crisolda, que ella era buena y hacendosa y que él sentía que esa, era la mujer de su vida.

Sigue diciendo que había seguido con Felicia por respeto hacia ella y sus padres, que aguantó sufriendo hasta este momento porque no se anima­ba a decirlo, pero que no podía más y se iba a casar con la mujer que lo hacía feliz.

Pobre Felicia, no entendía nada, no podía ver esa realidad. Sufría, adelgazó, faltó a su trabajo, con nadie quería hablar. Sumida en profunda depre­sión pasaba sus días en la cama. A veces, de tarde, iba hasta la casa de Toribio a buscarlo, pero él, o se escapaba por el fondo, o hacía decir que no estaba. No podía enfrentarla. Horas quedaba Felicia senta­da en el portón esperando que él entrara o saliera generando para todos una sensación de pena, lásti­ma y desconcierto que ustedes imaginarán.

La historia continuó, todo el barrio comentaba el tema hasta que llegó la fecha de casamiento.

Felipe, era el hermano mayor de Felicia, y se la tenía jurada a Toribio. Prometió que lo iba a matar, pero antes iba a ir al casamiento y allí iba a hacer el tal escándalo. Imaginarán ustedes ¡Qué lío! Cri­solda con toda su inocencia y felicidad de haber encontrado el príncipe azul que la llevó al altar. La familia de Crisolda, que no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Todos los invitados dispuestos a presenciar una ceremonia religiosa que siempre es conmovedora por todo lo que ella implica.

¿Y si aparece Felipe en medio de la ceremonia? ¿Qué hacer? Había que pararlo. ¿Cómo?

Llegó el gran día. La iglesia desbordaba de in­vitados, todas las luces encendidas, cada cual con sus mejores galas, iniciada la marcha nupcial la novia, bellísima, transmitía felicidad en su mirada mientras, del brazo de su padre, entraba saludando a ambos lados de la alfombra sobre la que sus pies parecían flotar. El novio en el altar, con su traje y zapatos nuevos, magnífica corbata resaltando entre ambas solapas, esperando la mano de su prometi­da. Una escena del mejor cuento de hadas. ¡Qué lindo todo!

Pero mientras, ¿Qué estaría pensando Toribio? ¿Qué sentía?

Pensaba en Crisolda, que luminosa, lentamente se le acercaba con una escolta de anillos que no hu­bieran sido para ella. O pensaba en Felicia lloran­do, abandonada, llena de rabia, impotencia y hasta quizás rencor, allá en el lejano Paso de la Arena. Lo más probable es que su pensamiento, recordando la amenaza de Felipe y trascendiendo toda la escena, estuviera junto con su mirada en la puerta del templo.

Lo cierto es que previendo que algo sucediera, antes, durante y después de la ceremonia dos gran­dotes guardaespaldas cuidaban la puerta de la igle­sia. ¿Pero de quién? Si ellos no conocían a Felipe que podía pasar como un invitado más. Una vez más, allí estaba Salvador, (el hermano menor) porque él sí identificaría a Felipe y a cualquier otra persona ex­traña que intentara entrar. Se perdió escuchar el “Sí, acepto”, pero cumplió cuidando las espaldas de su querido hermano mayor.

Al final nada sucedió y para todos quedó el recuer­do de una hermosa y disfrutada ceremonia, menos para Toribio y Salvador. Lo que es la vida. ¿No?

¿Y por qué les conté esta historia? Porque siem­pre trato de ser fiel al Rescate de la Memoria refle­jando en cada nota lo que es el paso del tiempo. Fíjense que la situación a la que llegó Toribio es hoy impensable. Vivimos lo que ha dado en llamarse el “amor líquido”, en que todo es muy dinámico y cam­biante y… ¡Sin culpas!

Toribio no fue el único. Conozco otros casos de noviazgos prolongados por décadas, que no deja­ban por respeto o miedo a la condena social. Termi­nando a la larga, todos solteros.

En fin, no sé si logré mi objetivo. La idea era cumplir con LA PRENSA DE LA ZONA OESTE re­creando una historia autóctona que a la vez sir­viera para poner de manifiesto los cambios cultu­rales y las contradicciones en nuestras conductas, las cuales muchas veces nos inducen a emprender acciones que, de una u otra manera, dañan a otras personas.

No juzgamos a Toribio. Tal vez lo hizo la vida, condenándolo a vivir con Crisolda, sin jamás borrar de su mente a Felicia y aquellas juveniles escapa­das. Sólo él y su conciencia tendrán la respuesta…, por siempre.

Rómulo Guerrini

P.D. Los nombres de los